martes, 15 de marzo de 2011

140 caracteres


Ya no sé escribir. Y no, no me refiero a que de repente haya perdido mis nociones sobre el alfabeto y en realidad sea todo una vil excusa para volver al parvulario a tener clase de siesta y a comerme una tapa de plastilina antes de ir al recreo (qué sabor inolvidable). Lo que quiero decir es que atrás quedan esos maravillosos años de frases subordinadas, de imperfectos de subjuntivo, de perífrasis verbales. De forrar mi carpeta del instituto con fotazas de cuerpo entero de Lázaro Carreter y de soñar (suspiro) con mi asiento de la eñe minúscula en la Real Academia de la Lengua. Atrás queda todo eso y ahora me toca enfrentarme a la dura realidad. Porque (chan-chan), han llegado a mi vida las redes sociales. Yo no quería, pero ellos me obligaron.
Todo sucedió una bonita mañana de otoño. Revisando mi correo electrónico , ahí estaba. Una invitación para hacerme de facebook. Al principio no le hice caso. Había oído hablar del tema, sabía que a la gente le encantaba y hasta algunos amigos, con los ojos inyectados en sangre, me solían decir que no enganchaba, que ellos lo dejaban cuando quisieran. Decidí que lo consultaría con mi almohada mientras leía atentamente una oferta para comprar quince kilos de viagra y dos hígados de contrabando por la mitad de precio. Pero no hizo falta que llegara la noche. Esa misma tarde, en el periódico lo vi claro. Se acercaba el final de Perdidos y no se hablaba de otra cosa. Yo, escéptica en cuanto a series de osos panda se refiere, me sentía completamente aislada y harta de que me tirasen piedras, objetos punzantes y me mandaran al rincón de pensar por no saber nada de psicología de humos negros, decidí que lo iba a hacer. Así que cerré los ojos, di un paso al frente y, sin mirar atrás, me abrí una cuenta. Tuve que hacerlo varias veces, porque nunca tuve el don de escribir bien con los ojos cerrados, pero a la quinta ya tenía una cuenta en facebook. Y sí, amigos, me gustó. Tanto que me acostumbré a contar mis aventuras y desventuras ocupando el menor espacio posible, lo cual desconcertó terriblemente a mi biógrafa oficial, infiltrada en mi cuenta bajo el pseudónimo de Esperanza Aguirre (no sé cómo me la coló), que amenazó con ponerme una querella y llevarme a Sálvame Deluxe. Pero, una noche todo acabó. Después de que apareciese un botón de “me gusta” al final de lo que soñaba, me asusté. Y decidí renunciar a las redes sociales y leer libros supersesudos para desintoxicarme como Crimen y castigo en su ruso original, la Eneida en su griego original y Teo va al cole en su versión para colorear.
Y aunque ya me creía limpia, todo volvió a suceder una bonita mañana de primavera. Revisando mis mensajes de móvil, ahí estaba. Un sms de orange ofreciéndome adsl, teléfono y mayordomo con limusina por sólo 12 euros al mes y otro, anónimo, que decía: hazte un twitter. Grité lo borré y corrí al ordenador a autobloquearme la página de twitter mientras marcaba el número de la policía, el de los bomberos y el de telepizza, por lo que pudiera pasar. Pero nada más abrirla, una ballena enorme y azul, abrió su ojazo izquierdo y me miró. Una lágrima gigante cayó por su mejilla (gigante) mientras del surtidor de mi cabeza salía un chorrazo de agua. O al revés. El caso es que me enterneció tanto que no fui capaz de no hacerlo. Así que lo hice. Me abrí la cuenta. A partir de ese momento, sólo soy capaz de hablar con 140 caracteres. Y lo mismo me pasa a la hora de escribir. Este texto me ha llevado 50 tweets.

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