domingo, 9 de enero de 2011

What else?

Yo soy de las que me pongo de mala leche si me levanto y no tomo café. Puedo salir desnuda a la calle, con mis zapatillas de garra de dinosaurio de peluche, con la bata que me regaló mi abuela que tiene mis iniciales bordadas o, y esto es lo más impactante (ni siquiera el Último Superviviente se ha atrevido a hacerlo en ninguno de sus programas extremos), con un pijama de Hello Kitty. Y es que he de reconocer que llevo bastantes años labrando una imagen de tipa dura que lleva armas mortíferas en el liguero y, por tanto, negando a la gatita como animal de compañía de cualquier humano razonable que se precie. Lo que quiero decir con todo esto es que el café es un alimento fundamental en mi vida y que desde que lo descubrí he abierto mis creencias religiosas al politeísmo, comprendiendo a Dios y a Juan Valdés.
Pues bien: hace unos días, me levanté con mis ojos inyectados en sangre, mi pelo revuelto y hasta con la Kitty de mi pijama convertida en la gata del exorcista. Como cualquier día normal, vamos. Antes de irme a la ducha, fui a encender la cafetera para que al salir, ya duchada y limpia y oliendo a colonia de garrafa de cinco litros, el maravilloso piloto rojo, ese que te dice que tu máquina está lo suficientemente caliente como para ponerse a producir cuando tú se lo ordenes, estuviese alumbrando cual Faro de Alejandría en una noche bastante oscura. Mientras me duchaba y tarareaba la canción del telediario, pensé en mi extraña similitud con George W. Bush y en nuestra necesidad imperiosa de encontrar líquidos oscuros supervitales. Entonces, me imaginé a mi misma, navaja suiza entre los dientes, pijama de Hello Kitty de camuflaje, intentando hacerme con los cafetales colombianos en medio de la sabana, luchando cuerpo a cuerpo con productores y peludos burros de carga y desmantelando fábricas de café descafeinado de sobre por representar para la humanidad armas de destrucción bastante masiva.
Tras acabar la ducha, mis pensamientos invasores y el desenmarañamiento capilar, con media sonrisilla y canturreando una canción (voy a tomar caféé, voy a tomar caféé) llegué a la cocina y ahí estaba ella. La cafetera. Mirándome, desafiante y...apagada. Una gota de sudor frío recorrió mi sien izquierda hasta llegar a mi cuello y hacerme cosquillas. Pero no me reí. Presa del pánico, intenté desenchufarla y volverla a enchufar, darle golpecitos sutiles, darle martillazos poco sutiles y hasta agitarla como se le hace a una persona para que espabile. Pero lo único que conseguí es poner la cocina perdida de agua. Y qué hago ahora?-pensé. Lo primero que se me ocurrió fue ir a google a buscar entre el santoral, algún San bricomaniaco que por el módico precio de un padrenuestro pudiese resolverme el problema. Luego pensé en entregarme al destino de los astros y llamé a Esperanza Gracia que me dijo: mi queridísimo Piscis, estoy de vacaciones en las Maldivas y las únicas estrellas que veo aquí somos David Hasselhof y yo”. Ya al borde del colapso, decidí optar por la solución más desesperada que se le puede ocurrir al ser humano: llamé a mi madre. Y ella, sin inmutarse, me contestó: “pues cómprate otra”. Sabio consejo. Cómo no lo había pensado antes? Un EGB, un BUP, un COU, una carrera y un postgrado para esto! Entonces, me imaginé que si hubiese sido sueca o finesa, además de ser rubia platino y de ser capaz de escribir una palabra de linea y media sin ninguna vocal, ya se me habría ocurrido. Y dicho (o pensado) esto, me senté en la mesa del salón a escribirle una carta al ministro de educación para convencerle de que el modelo educativo nórdico era el mejor y que tenía que adoptarlo porque cuando un niño de Suecia salía del colegio era capaz de ganar Eurovisión, montar tres muebles de Ikea a la vez y escribir un best seller de tres tomos mientras veía en la tele cinco capítulos mañaneros de “El encantador de renos”. Pero una vez que había sacado el folio y el boli bic, decidí que me estaba desviando del tema, que yo lo que realmente quería era un café y que a la vuelta ya le mandaría un burofax al señor Gabilondo, que no tenía ni idea de lo que era pero que siempre había sido mi sueño mandar uno. Así que cogí el bolso y salí a la calle. (continuará)