
A veces, cuando salgo de trabajar, en vez de llegar a casa y someterme a una ardua labor gastronómicointelectual (es decir, prepararme algo más allá de un nesquick) me recuesto cómodamente en mi sofá incomodísimo de cuero (te congelas en invierno, te quedas pegada en verano) y en esa misión de relajar cuerpo, mente y cogote, busco el mando entre los cojines y decido desconectar la cabeza con lo primero que me pongan en la tele. Y es que cuando una sale después de pasar seis horas seguidas concentradísima en conseguir que las rayas te salgan rectas (la última vez que me puse a pensar en otra cosa me salió una espiral y hordas de coruñeses se creyeron gallinas al día siguiente por culpa del efecto hipnótico), lo que menos apetece es poner cosas que requieran un determinado esfuerzo mental como el debate sobre el estado de la nación, un programa especial sobre el auge de la economía chipriota o un capítulo de Pocoyo en el que enseña, con entrañables ejemplos, a calcular dividendos bursátiles. Así que voy a tiro fijo. Normalmente, a bote pronto, me suelo quedar con uno de esos programas de reportajes de viajes (véase, Españoles por el mundo, Callejeros Viajeros, Galegos polo mundo, Señores de Curtis con bigote cruzan el charco) en el que unos reporteros te demuestran con bastante crueldad como otros se forran en Kuala Lumpur haciendo tortilla de patatas. Y es que, las comparaciones son odiosas y cuando tú ya estás pensando en que la tortilla te sale de miedo y que igual en Micronesia hay un nicho de mercado por cubrir, se va la emisión, la pantalla se llena de rayas (de tus rayas) y vuelves a la realidad. Otros días, la televisión te regala uno de esos espacios en el que señoras de peluquería con zorros muertos encima te muestran su carísima casa con tres habitaciones, quince cuartos de baño, dos perros con chichos, un loro y una thermomix (por qué siempre enfocan la thermomix?) mientras explican que ellas se dedican al arte (es decir, pintan bodegones), mientras su Manolo descansa y pesca besugos en la isla privada. Pero, sin duda, mis preferidos son los realities de la MTV. Sí. Esa cadena que de manera tan hábil intercala canciones de Justin Bieber y dibujos animados terroristas puede conseguir que tu coche viejo mohoso y semirruinoso tenga una chapa nueva con un duende gigante pintado en el techo y eche burbujas fucsias por el tubo de escape, algo superútil y absolutamente necesario para la vida moderna, aunque convierta el paso de la ITV en un auténtico infierno (pero, qué importa? Tengo un duende en el techo!). También puede conseguir que te enamores locamente de un tío estupendo (¿?) haciéndote entrar en su habitación en ocasiones sucia, en ocasiones revuelta, y husmeando entre sus calcetines (“fue tu querencia por la lana y los rombos verdes lo que me volvió loca por ti”) o bien teniendo una cita con su madre y enterándote de esas historias que ponen de un rojo brillante a tu futuro novio porque suelen contener hechos avergonzantes minuciosamente explicados (una madre es una madre). Pero sin duda, lo mejor que ha hecho la MTV por el prójimo hasta el momento ha sido buscarle una mejor amiga a Paris Hilton. Las aspirantes, sometidas a duras pruebas como una fiesta de pijamas, salir de copas o encerrarse siete minutos en un armario con un chico desconocido, van siendo eliminadas por la propia Paris hasta que sólo queda una. Su mejor amiga (o la del brote psicótico producido por tanto Malibú con piña que ha cogido una recortada y se ha cargado al resto).
A veces, Buenafuente me salva de toda esta debacle neuronal. Aunque sigo pensando que no estaría mal tener la costumbre de leer por las noches
No hay comentarios:
Publicar un comentario